sábado, 19 de septiembre de 2009

El arte de la coprofagia



Coprofagia: ingestión de excrementos.

A Plácido Domingo

Ninguna sorpresa: según explica el biógrafo de Juan Sebastián Bach, Johann Nikolaus Forkel en la biografía del más grande de los genios musicales de todos los tiempos, las famosas y extraordinarias Variaciones Goldberg, cumbre del arte contrapuntistico bachiano, fueron encargadas a Bach por el conde Hermann Carl von Keyserlingk (1696-1764) de Dresden para que el clavicordista de su corte, Johann Gottlieb Goldberg (1727-1756), le entretuviese con ellas durante sus noches de insomnio. Que como casi todos los poderosos, no podía dormir en paz con su conciencia.


Si Keyserling, el conde de Dresden, se permitió el insólito desparpajo de encargar una obra al genio de la música universal para que su tecladista preferido le ayudara a conciliar el sueño, ¿por qué el teniente coronel Hugo Chávez, no habría de encargarle a uno de sus banqueros preferidos - en este caso el capo del Banco del Sol, funambulesca entidad financiera de extraña recordación - le pusiera en Miraflores al hispano mexicano Plácido Domingo para que le echara una sobadita al lomo y le ayudara a recomponer su ego con alguna aria de las afamadas o algún vals de Chabuca Granda, de esas que suele estropear de manera escandalosa con su pesada artillería vocal? Canta un modesto bolero de Agustín Lara desgañitándose hasta parecer que sale a cazar liebres con una bomba de hidrógeno.

Ni corto ni perezoso y seguro que por una bolsa de esas que estremecen y sacuden las mejores conciencias - total, si de millones de dólares se trata, no paga el carajito de Sabaneta sino su socio Rafael Ramírez - corrió Plácido Domingo, suficientemente ataviado de plebeyo y bohemio bolivariano de la última hora, a complacer al déspota caraqueño.

Es, dicho en buen romance: el arte de la coprofagía. O, en buen cubano, el arte de comer mierda. Se pone su bufanda el tenor de tenores, revisa su cuenta corriente, sacude sus orígenes de ataja perros y decide sumarle otras nueve cifras a su abultadísima cuenta bancaria. Es el mal de los ricos: ser tan avaros que jamás se dan por satisfechos con los millones que poseen. Ya estará vendiéndole sus funerales a la revista Hola para sentirse en el más allá aún más rico de lo que era en terapia intensiva.

Se suma así a la corte de comemierdas que se rinden a la seducción de Hugo el Boss. Por supuesto: no como la Lina Ron o el Valentín, de la Piedrita, que lo hacen por amor al arte y sin otra recompensa que un camioncito desecho del ejército o una botellita de Blue Label. Sino como lo hace doña Cristina Fernández de Kirchner o Manuel Zelaya: por una suculenta tajada de dólares de los buenos.

Exactamente como lo hiciera Oliver Stone: por varias decenas de millones. Es la tara que carga la inmensa mayoría de los artistas: haber comido mierda desde chiquitos, haber sido los bufones de la corte y seguir comiendo mierda hasta en sus ataúdes forrados en oro. Aunque es absolutamente cierto: no todo lo que reluce es oro.