domingo, 10 de mayo de 2009

Exterminio entre chavistas y otras muertes


¿Cómo justificar los 80 detenidos por reclamar sus derechos, y ni uno por las 454 muertes?

Ya es imposible ocultar el uso inmoral que el régimen ha hecho de las bandas convertidas en dirigentes sindicales, cuya tarea era aniquilar a los sindicatos libres para conformar un sindicalismo paralelo puesto al servicio de Miraflores, pero cuya avaricia y condición delictiva ha degenerado en mafias criminales que, durante los últimos nueve años, han asesinado por encargo a 454 competidores del hoy sucio y rentable negocio sindical. "Primero fueron paralelos a los antiguos sindicatos cetevistas y después comenzaron a ser paralelos respecto a sí mismos" narra Teodoro Petkoff, hecho que desató una guerra sangrienta entre chavistas llevada a través de sicarios que asesinaban a los rivales en el control de los puestos de trabajo, de los contratos y de los afiliados. Cuentan Petkoff y Andrés Velásquez que cuando Chávez llegó al poder, en Guayana había un solo sindicato de la construcción. Ahora hay once rojos rojitos. De los 454 asesinatos de dirigentes sindicales seguidores "del proceso", 400 eran del sector de la construcción, 50 del petrolero y cuatro del automotriz. Precisamente el asesinato de líder sindical de la Toyota, Argenis Vásquez, cometido esta semana en Cumaná, abrió de nuevo el pozo putrefacto en que el oficialismo ha convertido a sus sindicatos. Vásquez había sido factor esencial en la solución del conflicto laboral que permitió la reanudación pacífica de las labores en la Toyota, a pesar de la oposición radical sostenida por otros sindicalistas "del proceso". ¿Cómo justificar que hoy haya cerca de 80 verdaderos dirigentes sindicales y trabajadores de Guayana y Anzoátegui detenidos por reclamar pacíficamente sus derechos laborales violados por el gobierno y que hasta el sol de hoy no haya ni un solo detenido por los 454 asesinatos, muchos de ellos cometidos a plena luz del día y en presencia de testigos? El oficialismo conoce (y avala) los "métodos" que aplican estos sindicalistas mafiosos de "la construcción" para chantajear a los empresarios en los cobros de comisiones milmillonarias ilegales. El argumento persuasivo que colocan estos mafiosos en las mesas de "discusión" son sus pistolas y, con frecuencia, hasta armas de guerra. Cuenta Andrés Velásquez que sicarios y los casi 150 sindicatos oficialistas están integrados por delincuentes con antecedentes penales. En Bolívar "muchos de estos nuevos sindicatos acudieron a cárceles como El Dorado para reclutamiento de delegados, En ese movimiento están personas salidas de prisiones, gente con prontuario de violadores y que hacen vida con un carnet sindical" (TalCual, declaraciones del diputado regional de Podemos, Carlos Rojas).

A las muertes de la violencia (más de 14 mil anuales a manos del hampa, mientras Chávez moviliza a 2.500 PM y GN para reprimir a los ciudadanos que marchaban pacíficamente el 1 de mayo) se unen las muertes por mengua, por desesperanza, y los ruleteados en los hospitales carentes de insumos y de médicos, mientras Chávez ordena pagar la deuda que Nicaragua tiene con el imperio. La historia de Yusbely Parra desmonta la mentira sobre la salud pública a "favor del pueblo", Hacía seis días que había comenzado a perder líquido amniótico y apenas tiene siete meses de embarazo, cuenta la periodista Leidys Asuaje (EN 02-05-09). Yusbely ingresó de emergencia en el Pérez Carreño. Por falta de cupo en terapia intensiva neonatal la refirieron al Universitario, de ahí a la maternidad de Caricuao, al Domingo Luciani, a la Concepción Palacios, al Hospital Militar, a la maternidad Santa Ana y al José Gregorio Hernández de Catia. La médico de guardia de la Santa Ana le dijo que el retén estaba infectado por una bacteria "y si te atendemos puedes morirte tú y el bebé también". Junto a la basura apilada en la acera y con todas las referencias guardadas en una carpeta -narra la periodista- Yusbely esperaba por tercera vez ingresar en la sala de partos de la Concepción Palacios. Al lado de Yusbely estaba Elvia Soto, abrazada a su madre para aguantar, en medio de la calle, las contracciones del parto. Jacqueline Olguin (con menos suerte que la usurpadora que se llevó al Distrito Capital hasta a un chef) "se agarraba a la cerca perimetral del centro de salud para soportar los dolores: Tiene más de nueve meses, deben hacerle cesárea, pero no hay cupo". Ruth Williams, sentada en un banquito de cemento, llora porque su hijo puede morir. Había venido desde Ocumare porque "no hay médicos en ningún lugar", al final de la tarde, sin ser atendida, Yusbely y su esposo regresaron a su casa, en El Cementerio. La máscara redentora del mesías de la revolución se derrumba cuando una espontánea irrumpe en el "Aló Presidente" y grita que le prometieron hace nueve años una vivienda digna y hoy sigue durmiendo en el suelo de su casa derruida, con sus hijos y su madre anciana. Así son las revoluciones "bonitas".


Marta Colomina
El Universal