miércoles, 13 de mayo de 2009

La pandemia comunista



“Una época se puede considerar terminada cuando sus ilusiones fundamentales se han desvanecido”. Arthur Miller, dramaturgo norteamericano (1915-2005).

La experiencia comunista en el mundo es exactamente igual en todas las épocas y en todos los países que han puesto en marcha la letal fórmula.


La llamada “dictadura del proletariado” no es más que una gran trampa en la cual caen las masas pobres e intelectualoides de izquierda que creen que descubren el agua tibia, mientras un dictador se aprovecha de semejante estupidez (o bellaquería) para tratar de controlar todo el poder del Estado y permanecer hasta la hora de su muerte aferrado al mando. Puede parecer una explicación simplista pero todos los gobiernos comunistas han realizado los mismos procesos y su final ha sido similar.

Comienzan por engullir todos los poderes del Estado: el Congreso, la Duma, la Asamblea o como se llame en cada país, pasa a ser una dependencia ejecutora de los designios del dictador; la justicia es invadida por la ideología y sólo pueden pertenecer a ella quienes ejecuten las sentencias del régimen sin chistar; la propiedad privada desaparece con la excusa de la “propiedad social”, “propiedad comunitaria”, ” propiedad del pueblo” o como quieran llamar a ese proceso de despojo en que legítimos propietarios son echados de sus tierras, fábricas y casas en una jornada dolorosa y sangrienta cuyas heridas no cierran jamás. La persecución a la disidencia política, comunicacional o gremial es feroz. La cultura y la academia son enemigos del régimen. El miedo se instala tanto en los opositores como en los que alguna vez siguieron al gobierno. La pobreza material y emocional es dominante entre el pueblo cada vez más disminuido y con menos derechos. El alimento que da el régimen a las masas es el populismo y el país cada vez se hunde más en la penumbra de la desesperanza.

Y todos los dictadores comunistas actuaron igual: eliminaron el capitalismo, expulsaron a los extranjeros, confiscaron bienes, nacionalizaron empresas, eliminaron la clase media y sus inversiones, violaron la Constitución o la reformaron a su antojo, crearon sus propias leyes para apoderarse de todo y eternizarse en el poder. En ese proceso, arruinaron el país y vaciaron las arcas del Estado para lograr sus metas a cualquier precio.

Las historias son idénticas, los finales semejantes. Algunos dictadores murieron en el poder después de muchos años, otros fueron derrocados, algunos más asesinados en la revuelta definitiva. Pero sus pueblos se sacudieron del yugo comunista, en muchos casos disfrazado de socialismo, convencidos de que la opinión de Winston Chuchill, el Primer Ministro Británico durante la Segunda Guerra Mundial, es la descripción más exacta de ese funesto sistema: “El socialismo, es la filosofía del fracaso, el credo a la ignorancia, la predica de la envidia. Su virtud inherente es la distribución igualitaria de la miseria”

No hay sino que revisar las historias de estos dictadores comunistas: Janos Kada (Hungría 1956-1965), Josep Broz Tito ( Yugoslavia 1945-1980), Enver Hoxha (Albania 1944-1985), José Stalin (Unión Soviética. 1924-1953), Kim Il Sung (Corea del Norte 1948-1994), Mao Zedong (China 1945-1976), Fidel Castro (Cuba 1959-ø). Todos llevaron a sus países a la miseria, sembraron el odio, pero apoyados por una corte de incondicionales y de un ejército traidor a su patria, lograron permanecer muchos años en el poder. Hoy sus pueblos los recuerda con horror y los daños de sus tiranías en algunos casos persisten a través de sucesores, como el caso de Corea y de Cuba. Son gobernantes odiados y sus países tienen el atraso que conlleva décadas de comunismo.
Cubazuela

Desgraciadamente, Venezuela, un país rico que asomaba prometedoramente al siglo XXI, ha sido tomada por un gobierno que llegó con disfraz de demócrata. Declarado abiertamente castrocomunista, está siguiendo paso a paso la fracasada receta. El desconocimiento absoluto de la voluntad mayoritaria, que votó en contra de un proyecto de reforma de 69 artículos que instaura un abierto comunismo, deslegitima al gobierno de Hugo Chávez y permite que los ciudadanos se declaren en defensa de la violada y vigente Constitución, cuyos Principios Fundamentales e inamovibles establecen que Venezuela es una democracia que respeta el pluralismo político, la igualdad, la justicia, la descentralización, la propiedad privada y los derechos humanos.

Hugo Chávez declaró que la victoria de la oposición en el refrendo que rechazó la Reforma Constitucional era “una victoria de mierda”(sic) y por eso, violando el articulo 5 de la Constitución que ordena el respeto a la voluntad popular expresada en las urnas, decidió desacatar la Carta Magna, con la delictiva complicidad de la Asamblea Nacional, del Tribunal Supremo de Justicia, de la Defensoría del Pueblo, de la Fiscalía General de la República, del CNE y de la Fuerza Armada Nacional, todos engordados por la marea roja. Los resultados están a la vista: la reforma rechazada está siendo aprobada mediante inconstitucionales leyes, que no sólo se saltan a la torera las normas constitucionales sino hasta la Declaración Universal de los Derechos Humanos y la Convención Americana ( Pacto de San José), suscritas ambas por Venezuela, y por lo tanto de obligatorio cumplimiento.

Todas estas leyes aprobadas sin discusión por una obscena manada de diputados que responden a la voluntad de Chávez y no a la de sus representados, son nulas de toda nulidad. Desacatan los principios de justicia, de legítima defensa, de propiedad privada, del debido proceso, de la justa indemnización, pero sobre todo, tienen por finalidad poner a todo el país de rodillas ante quien se cree dueño de Venezuela. La justicia no necesita de militares armados hasta los dientes para imponerse. La infamia de la violencia y la amenaza contra los propietarios, contra los despojados, contra los mandatarios de oposición, contra la disidencia, contra los medios, demuestra al mundo que Hugo Chávez ha optado por el camino sangriento marcado por su padre Fidel.
La receta ciudadana

Tierras, empresas, industrias, han sido tomadas y expropiadas en forma atropellada y humillante. Muchos trabajadores de esas empresas han creído la falacia de que ahora sí serán dueños de esos bienes, por la vía del arrebatón propia de los delincuentes, pero pronto se verán las consecuencias económicas y sociales de este desmadre. Vienen la Ley de Propiedad Inmobiliaria y la de Terrenos Urbanos, que tocarán el último reducto de los propietarios: sus casas. Tal vez esto sea lo que necesitan muchos para reaccionar y entender por fin que el pueblo venezolano se enfrenta a un poder que comenzó como constitucional y que ahora deviene en una dictadura castro comunista.

En la medida que el pueblo tome las acciones previstas en las Constitución para hacerla cumplir, en esa misma medida saldremos más rápido de este problema de vida o muerte. En la medida que los venezolanos entiendan que este régimen no dará marcha atrás y que debemos enfrentarlo con las armas de que dispone una ciudadanía demócrata, estaremos más cerca del fin. Y hay que atajarlo pronto, porque el cáncer comunista ya está devorando nuestro sistema de vida. A evangelizar, a convencer Constitución en mano a familia, vecinos, amigos, compañeros de trabajo y a todo el que nos quiera escuchar de cómo están siendo violados nuestros derechos. Hay que unirse, protestar, escribir, manifestar frente a los entes públicos, votar y mil veces defender ese voto, demandar ante los entes públicos, denunciar ante los organismos internacionales a un gobierno que cada día está más cerca de ser forajido. Información es poder, hay que informar a quienes desconocen la violación legal, a quienes no han leído la historia siempre fracasada del comunismo y sus tiranos.

Ninguna acción esta excluida de esta cruzada intensa que debemos desarrollar quienes queremos seguir viviendo en este país, con justicia y democracia. Es hora de ejercer la ciudadanía venezolana y atajar de una vez por todas la pandemia comunista que asola a Venezuela.