domingo, 22 de marzo de 2009

Entendámonos de una buena vez: a Chávez le sabe a ñoña que escribamos sesudas columnas y denunciemos sus atropellos nazi-fascistas.


Sin pelos en la lengua


Entendámonos de una buena vez: a Chávez le sabe a ñoña que escribamos sesudas columnas y denunciemos sus atropellos nazi-fascistas. Le tiene sin cuidado que lo llamemos rata, ladrón, miserable y asesino. Describiéndole su auténtico perfil, que eso es lo que es: una rata, un ladrón y un asesino.


Tampoco le preocupa que ante una amenaza digna de Adolfo Hitler y una corrida de pierna como la de la fiscalita contra Manuel Rosales el pueblo del Zulia se manifieste de manera descomunal y salga a la calle en respaldo de su alcalde. Ni le mueve a reflexión ver la solidaridad de las autoridades regionales que no le lamen sus botas ni están podridos.

Ni qué decir de los manifiestos, comunicados, declaraciones y programas de grandes intelectuales, propietarios de medios, juristas y economistas de renombre: a falta de mejor medio, los usa para limpiarse el trasero.

Reconozcámoslo de una vez y grabémonoslo a sangre y fuego: a Chávez le trae sin cuidado todo lo que no tenga efectos materiales, reales y concretos inmediatos o mediatos que amenacen su estabilidad y lo empujen paso a paso o de un solo guamazo al abismo que tiene escrito en su ulterior destino. Sólo le tiembla el forro cuando ve el sórdido perfil de la muerte rondándole la cama. Cuando huele el asalto premonitorio de la pólvora. Cuando atisba el brillo de un puñal. Porque traidor como es, sabe que la traición lo acecha y como sabe instintivamente que quien a hierro mata a hierro muere, presiente sorda e indeleble la conclusión de sus crímenes a la manera de aquellos tiranos que luego de hacer con sus pueblos lo que les vino en ganas terminaron pagando sus crimines a manos de esos mismos pueblos.

Pruebas al canto: esperó los resultados de la gigantesca concentración del Zulia y cuando escuchó a los líderes allí reunidos supo que nada ni nadie se le interpondría en su camino: asaltó su puerto y su aeropuerto antes de que Pablo Perez y Manuel Rosales, antes de que Carlos Ocáriz, Henrique Capriles y los otros asistentes al sarao despertaran. No faltó en esa monumental manifestación de respaldo a Manuel Rosales y al pueblo zuliano el lider que afirmara que el problema que enfrentamos no es político. Vaya molleja.

La única respuesta que hubiera impedido el atropello y hubiera desatado la colitis presidencial estaba a cinco metros de la tarima: ordenarle a ese bravo pueblo zuliano que ocupara de inmediato las instalaciones del aeropuerto y del puerto marabino y no permitiera el ingreso de un solo esbirro uniformado del presidente. Que en eso se han convertidos los miembros de la guardia nacional y del ejército venezolano: en esbirros y mercenarios al servicio del tirano. Se hubieran devuelto a sus cuarteles con la cola entre las piernas.

Mientras no surja del seno de nuestro liderazgo el líder capaz de dar y responder por dichas órdenes, mientras no se le ordene a nuestro pueblo salir a la calle y frenar los atropellos y crímenes del chavismo con hechos y no con palabras, el tirano avanzará hundiendo su puñal en la carne de nuestra democracia como cuchillo en manteca. Así la tiene papallita.

Ese momento se aproxima. Empujado por la crisis y de la mano de nuestra gente humilde, de nuestros trabajadores y estudiantes hartos del hambre, de la humillación y el desprecio. Por eso el tirano sufrió la noche del sábado una feroz dosis de culillismo y no se atrevió a lanzar su paquetazo. Tuvo muy claro que un Caracazo vale por mil millones de movimientos, declaraciones y manifiestos. Se conformó con jugar a la guerra y ocupar el puerto y el aeropuerto de Maracaibo como si fueran territorios enemigos. Tremenda gracia. Pasará a la historia como el nuevo Rommel del Caribe, jugando a la guerra. Pero no terminará como Rommel sino como su jefe. Escríbanlo.