lunes, 30 de marzo de 2009

Lo de “oligarquía” fue una añagaza de Antonio Leocadio Guzmán para referirse a la larga dominación de un Páez que nadie se atrevía a atacar de frente

El modelo de automóvil preferido por los boliburgueses

Estos seguidores de "El Macaco Atrofiao" ni conocen de la existencia de los "boliburguses", que podrían ser catalogado como la nueva "oligarquía roja"


¿Y Zamora qué?


El Héroe del Museo Militar no es sólo antibolivariano: también es antizamorano.

El término “oligarquía” para designar a sus enemigos no es de Ezequiel Zamora sino de Antonio Leocadio Guzmán: aquel no hizo más que repetir lo que éste había machacado en sus columnas de El Venezolano y en los periodiquillos agresivos e insultantes que el fundador del Partido Liberal consideraba su “artillería ligera”.


Lo de “oligarquía” fue una añagaza de Antonio Leocadio Guzmán para referirse a la larga dominación de un Páez que nadie se atrevía a atacar de frente, por su intacta y muy grande autoridad y también popularidad.

En los labios del viejo Guzmán, como en los de Zamora, ese término era una designación política, y no social: los partidarios de Páez, constitucionalistas, conservadores o “godos”, eran llamados “oligarcas”, así usasen por vestido una mano adelante y otra atrás, como solían hacerlo los soldados rasos de cualquier bando. En cambio, por muy ricos que fuesen los Pulido, ellos no los consideraban “oligarcas” porque eran liberales.

Los “feberales”. Hay en cambio dos cosas que sí era Zamora: liberal, como todo el mundo en Venezuela, incluyendo a los conservadores; y federal, partidario de la mayor autonomía regional. En su cerebro no muy amueblado intelectualmente (como sucedía con la inmensa mayoría de los venezolanos de la época) ambos conceptos solían fundirse, confundirse, y quienes se fueron tras las banderas de Falcón y Zamora se llamaban a sí mismos (y eran llamados por el pueblo) “feberales”, con “b” “de burro” como solíamos decir en la escuela. Dicho en otros términos, que al hacer de esos dos términos uno solo, se revelaba la ideología de Zamora y de sus secuaces.

Realidades parecidas adoptan nombres diferentes de un siglo a otro. Por ejemplo, cuando en el siglo XIX venezolano se hablaba de “industria” se quería decir “agricultura” porque lo otro no existía. Entonces se solía hablar de “progreso”; en el siglo veinte eso fue sustituido por la palabra “desarrollo”.

Federación y descentralización. De igual manera, lo que en el siglo diecinueve, sobre todo como aspiración, se llamaba “federación”, desde finales del siglo veinte, cuando comenzó a convertirse en realidad, se prefirió llamarla “descentralización”. Es así como, cuando se fundó la Copre, la “reforma del Estado” que esta proponía, tenía como objetivo torcerle el cuello a la excesiva concentración del poder heredada del gomecismo. Es decir, que la sociedad venezolana, unida e integrada en el siglo XX, decidía poner por obra el viejo sueño venezolano de desconcentrar el poder para modernizarlo, hacerlo más viable, y sobre todo más democrático, cortándole las vías de acceso a toda tentación de dominio despótico.

Como sabemos de sobra los profesionales de esa disciplina, la Historia nunca sigue un desarrollo lineal, sino que conoce de avances y retrocesos. Hoy conocemos la más violenta tentativa de ir contra una corriente histórica que parecía irreversible: vivimos bajo un gobierno que considera la descentralización “una trampa neo-liberal”(sic).

Le damos el crédito. Por lo de “trampa”, le damos el crédito a algún poetica que no rebuzna por ser esa, para él, una actividad demasiado intelectual. Pero en lo otro sí tiene razón: la descentralización es un principio liberal (sea “neo” o sea “paleo”). Porque uno de los puntos cardinales del liberalismo es el de la separación e independencia de los poderes (hoy universalmente aceptadas excepto en ese mundo de las cavernas adonde nos quieren llevar garrote en mano los orangutanes de uniforme atornillados en Miraflores. Poderes independientes, cosa que sólo el más enceguecido de los hooligans garroteros y vocingleros del hamponato militar sería capaz de sostener que lo sean los organismos que hoy dirigen esas emblemáticas madamas de las poco recomendables maisons closes que llevan los crípticos nombres de TSJ, AN, CNE y FGR. Sin hablar de ese pobre diablo de Russián (aunque llamarlo así plantea el problema de que nadie puede estar seguro de que a estas alturas se le pueda llamar “pobre”: si una manzana podrida pudre el cesto entero, ¿qué no se puede decir de un cesto todo putrefacto?).

La disparatada trinidad. Recordemos así sea por simple memoria que al alzarse en 1992, el Héroe del Museo Militar lo hizo invocando el patronazgo de una disparatada trinidad: Simón Bolívar, Ezequiel Zamora y Simón Rodríguez. Ya hemos visto que en lo que concierne al Libertador, esa invocación era una simple mentira de sacamuelas de feria: nadie en la historia de Venezuela ha sido tan tozudo en contrariar la advertencia del Libertador sobre el peligro de dejar que un solo hombre se eternice en el poder. Nadie como él, en la historia de Venezuela, ha desoído su amarga constatación de lo insoportable del espíritu militar en el mando civil.

Y ahora, a ciento cincuenta años del estallido de la Guerra Federal, el peor enemigo que haya tenido Venezuela del ingenuo sueño de Ezequiel Zamora tiene el cinismo de escudarse con su cadáver para enterrar lo que en el fondo era lo único que el caudillo federal parecía tener claro: la idea de la federación, o sea de la descentralización, la desconcentración del poder; y el liberalismo.

Zamora llegaba a tanto en su confianza en la Federación, que solía decir que ella no sólo resolvería los problemas de Venezuela, sino, con la mayor ingenuidad del mundo, pensaba “que los haría imposibles”. Que tenga el descaro de invocar su nombre y su coraje un confeso tripafloja que detesta con tanta saña lo mejor del liberalismo y la federación, debe estar haciéndole retorcerse en su tumba.


Manuel Caballero
El Universal / ND
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