miércoles, 18 de marzo de 2009

Los lamebotas



Nadie se hubiera imaginado que un encapuchado ucevista habitante de la tierra de nadie, tira piedras y feroz contestatario de molotov en mano como Elías Jaua terminaría lamiendo bota y de manera verdaderamente descomunal. Y allí está, domingo a domingo, prestando su cara para ofrendarse a la tarea de ponerse a los pies de su amo. Yes, Sir. Son los sigüises del teniente coronel. Los lame botas. Tragan del detritus presidencial de ciudad en ciudad y de pueblo en pueblo, como un circo ambulante de mala muerte, y ni se arrugan.

Siguiendo el ejemplo de otros encapuchados y tira piedras, comunistas de postín y rebeldes sin causa de la cuarta república: car’e guante por ejemplo, mejor conocido por su alias de Earle Herrera. El propio lamebotas. Ve al teniente coronel y se le caen las medias. Orgasmo ante el caudillo. Estremecimiento erótico ante el poder del sable y del machete. ¡Y estos lamebotas se creen intelectuales!

Son los lamebotas de la quinta república, ex mujiquitas de la cuarta prestados al PCV y al PPT para que no desaparezca la tradición del lamebotismo nacional. Tan encumbrada en tiempos de Cipriano Castro y Juan Vicente. Cuando de botas y polainas se trataba. Cambian los tiempos: no cambian las botas ni sus lambucios. ¿Quién de ellos le velará el sueño al que más mea, como se decía en tiempos de La Mulera? ¿Quién se echará en el umbral del dormitorio presidencial, como Eloy Tarazona con Gómez, a cuidar los suspiros de angustias que exhala el Supremo cuando lo acosan los fantasmas de sus muertos? ¿Quién le espantará sus terrores cuando le falta Mario Silva, analista de palacio?

En estos días de bramidos y berrinches, de resoplidos de lobo feroz ante los cochinitos de la oposición democrática, han brotado como hongos de debajo de las piedras. Corre ufano, maquillado, inflado y orondo el poeta Tarek a plantear la genial conveniencia de que los puertos y aeropuertos le pertenezcan al caudillo. Como si de piezas de un maravilloso Metropol se tratara. Y uno se imagina al teniente coronel despertando a medianoche, ahíto de gases y estreñimientos, moviendo La Carlota para La Guaira y Maiquetía para La Chinita. Bajo los aplausos de sus lamebotas.

Juega el grandulón con su lego rojo rojito y monta torres inútiles, grúas de fósforos y dientes de peines desconchados. Es su particular Venezuela. Un juguete arruinado, inútil y polvoriento que yace en su desván. Exactamente como en tiempos del Benemérito. Mientras los revolucionarios de antaño se chupan el dedo y le aplauden las gracias. Ya lo dijo Arthur Koesler: no hay lame botas más abyecto que el que viene de las filas de los radicales. Mientras más revolucionario, más lame botas.

A esto llegamos. A un país reconvertido en cuero seco, gobernado por una tribu de lamebotas sobre los hombros de media Venezuela de la zarrapastra. Son los lamebotas. Faltaban en la escenografía nacional. Mientras de este lado de la acera se acumula el rencor y se refuerza la ira.

Chupen, jalen, traguen, laman. No dan para más. Que Dios los perdone. Nosotros no.