domingo, 8 de marzo de 2009

El binomio hampa-militarismo está volviendo a los venezolanos una especie en extinción.

Pájaro dodo. Especie extinta.


“No tendré más hijos en este país”


Palabras más, palabras menos, así se expresa Elsy Angarita, una joven madre venezolana a quien la violencia hamponil le arrebató su hijo adolescente. Entre las dos guerras mundiales, las mujeres europeas pensaban y hasta decían lo mismo: “declararemos la huelga de vientres”. Esa actitud y esa amenaza venían de más lejos: de Lisístrata, un ama de casa que Aristófanes pone a la cabeza de un movimiento feminista avant la lettre y recomienda hacer lo mismo.


Si hemos citado esos dos precedentes no es por posar de una erudición fuera de lugar ante semejante tragedia. En ambos casos, el elemento desencadenante de esa propuesta nada tiene que ver con la cópula como fuente de placer, sino como acto primero de la reproducción: era su negativa a parir hijos para que los devorase la guerra. Era su manera de obligar a los hombres a buscar la paz.

En vías de extinción. La dramática voluntad de abstención (de abstinencia) de esta madre venezolana tiene aquel mismo origen: nuestro país está en una guerra que en los últimos diez años ha derivado hacia el exterminio. Diez años en los cuales la cifra de asesinatos ha crecido casi en progresión geométrica y que, de seguir así (y todo hace pensar que seguirá así) pronto nos hará entrar a los venezolanos en la alarmante categoría de las especies en vías de extinción.

Ni la calificación de guerra es producto del azar o la exageración, ni hablar de “diez años” es una alusión subliminal a la plaga militar que nos asuela desde 1999. Porque ambas cosas están ligadas a un extremo tal que se puede hablar de ellas con toda propiedad como de dos caras de la misma moneda.

Veamos la cara de la guerra. En 1982, en una conferencia dictada en la Universidad del Zulia y que al desarrollarla produjo el libro Las crisis de la Venezuela contemporánea (1903-1992) definíamos al venezolano como un pueblo pacífico.

Casi pechereándome. Sabíamos que al decirlo se nos iba a venir encima todo el mundo, acostumbrados como estamos en este país a creer sinónimos “pacífico” y “cobarde” ¡Si hasta nuestro himno nacional exalta la gloria de nuestro “bravo pueblo”! decían, y no faltó quien alguna otra vez me conminara a salir a la calle para demostrarme a puño limpio que los venezolanos no somos pacíficos.

No era para tanto: debí aclarar entonces (a riesgo de que mis desocupados lectores malpensasen que lo hacía empujado por el susto) que lo de “pacífico” se refería al más hermoso record venezolano: el haber vivido un siglo sin guerras nos había convertido en un país excepcional en el universo mundo.

Pero la procesión -la guerra- andaba por dentro. Hoy, la realidad impone matizar de nuevo aquella afirmación, porque hemos cambiado aquel orgulloso record por otro opuesto: ahora Caracas es vista, no sin razón, como la ciudad más violenta del mundo; con más muertes que en los Beirut, Bagdad, Belfast y Gaza de la guerra civil y extranjera.

¿Somos todos asesinos? Por otra parte, al hablar de los “diez años” no estamos evitando precisiones, diluyendo en lo colectivo una responsabilidad muy concreta; algo así como decir que “todos somos asesinos”. Nada de eso: aquí se puede y se debe señalar la responsabilidad muy propia y personal de Hugo Chávez Frías en el empoderamiento del hampa al mismo tiempo y ritmo del suyo propio. No se puede olvidar aquella magnífica coartada que le diera al hamponato el 4 de febrero de 1999 en Los Próceres: “Si mis hijos tuviesen hambre, yo también asaltaría un banco”; típica afirmación de un borrachito dominocero antes de ahorcar el doble seis, pero imperdonable en quien acababa de jurar como Presidente de la República. Y él mismo extrajo de su albañal a Lina Ron luego de su ruidosa celebración quemabanderas del crimen de las Torres Gemelas neoyorquinas, y la elevó a la categoría de “luchadora social satanizada por los medios de la oligarquía”. O sea, la angelización del delito.

Un guiño seductor. Ya esa instigación a delinquir era en sí merecedora de condena: aunque no faltó el eunuco encubridor que lo considerase apenas peccata minuta, una cuestión “de estilo”, o algún leve trastorno primario de la conducta, vulgo loquera. Pero eso no fue, como hubiese dicho él mismo en su latín macarrónico, un lapsus brutti: desde entonces no ha pasado un día en que no le haga un guiño seductor al hampa y le incite a desencadenar las hostilidades, elevando a la categoría académica presidencial el lenguaje de los porteros de burdel. Pero, algo mucho más grave, empleando a lo largo del día el lenguaje incendiario de la guerra civil. Lo cual no es una cuestión de estilo ni una manía inofensiva del idiota de la familia. En uno de sus mayores textos, La seducción de las palabras, el lingüista español Alex Grijelmo demuestra muy argumentadamente que no existe lenguaje inocente: el empleo de fórmulas guerreras para describir los encuentros deportivos, ha derivado en la locura homicida de los hooligans y otros delincuentes.

Hoy, Día Internacional de la Mujer, las venezolanas tienen en la amarga decisión de aquella madre un abriboca de la infecunda Venezuela que nos espera si se perpetúa en Miraflores el Héroe del Museo Militar. Por su lado, a los militares profesionales orgullosos de su institución debe preocupar mucho que la amalgama entre hampa y militarismo esté conduciendo a otra reflexión no menos agria salida alguna vez de unos exasperados labios femeninos: “La solución a los problemas venezolanos está en importar mujeres costarricenses; porque sus vientres no paren militares”.


Manuel Caballero
El Universal / ND