sábado, 24 de enero de 2009

Venezuela: Un ¡NO! ante la historia



1

Bien dice el refrán: por donde menos se piensa, salta la liebre. El general Raúl Isaías Baduel le ha agregado el condimento teleológico: el tiempo de Dios es perfecto. Todos los indicios apuntan a que la liebre comienza a socavar el entramado del establecimiento y se apronta a saltar donde nadie se lo esperaba. O como solía repetir uno de los protagonistas de una de esas imborrables telenovelas brasileñas, creo que Roque Santeiro: Dios escribe recto en líneas torcidas.


¿Hubiera imaginado el desangelado y flacuchento teniente coronel que un 4 de febrero de 1992 se asomara a la gran carpa de la política nacional para escribir la página más gloriosa de su historia que al final de ese viaje, tras diez años tormentosos, comenzaría a desinflarse como un monigote de polietileno? ¿Hubiera creído que tras aplastar, humillar, escarnecer y vapulear durante diez largos años a una oposición achicopaladita sería derrotado justa tras justa, sin que nada ni nadie pudiera evitarlo? ¿Hubiera pensado en el día no tan lejano en que deberá escoger cómo enfrentar los acontecimientos: si dando un salto al vacío y desatando la guerra civil o arrodillándose cual corderito, tal como lo viéramos el 11 de abril de 2002?

Son las muy legítimas preguntas que una buena parte de la población venezolana - la más lúcida, la más ilustrada, la más democrática - se está haciendo en estos cruciales momentos. Consciente de que Chávez agotó todas sus cartas democráticas y se halla al borde del abismo, esa parte de la población que se apresta a rechazar su enmienda anticonstitucional se pregunta, en primer lugar, si Chávez resistirá el tsunami que se le viene encima empujado por la caída de los precios del petróleo y la profunda crisis económica que nos acosa aguantando a pie firme hasta el término de su mandato. Y en segundo lugar, de no alcanzar a culminar el fin del período, bajo qué forma específica y bajo qué circunstancias concretas dejará el Poder.

¿Terminará lavando sus interiores con jabón azul, como en la Orchila cuando los ominosos sucesos que lo aventaran del Poder? ¿Requerirá el auxilio de algún monseñor de buena voluntad para preservar el pellejo, la prenda más valiosa que le acompaña desde su triste nacimiento? ¿Se verá abandonado por esa boliburguesía que ayudara a enriquecer hasta límites estratosféricos? ¿Se verá traicionado por sus fieles, como estuvo a punto de suceder en esa noche triste de abril del 2002? ¿Saldrá por la Carlota con destino incierto? ¿Zimbabue, Corea del Norte, Bielorusia o Cuba?

No faltan quienes apuestan por un desempeño ininterrumpido hasta que salga de Miraflores por la puerta falsa del 2013. Entre ellos se cuentan Julio Borges, Manuel Rosales y Teodoro Petkoff, quienes aborrecen de la inestabilidad y consideran que el país no está preparado aún para una Venezuela sin Chávez. Tampoco faltan los que quisieran verlo en Miraflores hasta agotar la última gota de ese cáliz, asumiendo la crisis, las consecuencias del desastre y el precio por la pérdida absoluta del Poder. Son quienes quisieran verlo en el trance de Carlos Andrés Pérez: paseando en soledad por los pasillos de palacio sin contar con más de un dos o un tres por ciento de respaldo y viendo enemigos hasta en la sopa.

¿Quién tendrá la razón? ¿Qué será lo que vendrá? Es la incógnita del momento, en estos días previos al 15 de febrero. Deporte nacional: imaginar la salida del teniente coronel. Que en regresos triunfales no creen ni sus más allegados.

2

Preparando la partida y ante el estupor nacional Hugo Rafael Chávez Frías, cuyo expediente reposa en los tribunales militares y cuya cédula de identidad es del dominio público, se acaba de zampar más de doce mil millones de dólares, un tercio de las reservas internacionales. Y yo me pregunto: si Pérez fue enjuiciado, defenestrado y encarcelado por el equivalente a diecisiete millones de dólares, usados para crear la guardia presidencial de la Sra. Violeta Chamorro, recién electa presidenta de Nicaragua tras la dictadura del sandinismo, ¿qué pena, qué castigo y qué cantidad de años de prisión se le dará a Hugo Rafael Chávez Frías por haber regalado 53 mil millones de dólares a Evo Morales, a Néstor y Cristina Kirchner, a Rafael Correa, a Daniel Ortega y vaya a saber Dios a cuánto bicho de uña existe por el mundo dispuesto a chulear a un estúpido y mesiánico teniente coronel tercermundista? ¿Qué cárcel de máxima seguridad habrá que construir para encerrar al contralor o la contralora, al fiscal general o la fiscala, a los miembros del TSJ, a Cilia Flores y a los diputados que han permitido, avalado, alcahueteado y amparado tremenda vagabundería? ¿Saben los directivos del Banco Central que les espera chirona y de la buena?

Nunca jamás, en doscientos años de historia republicana, un presidente de la republica protagonizó un saqueo más espeluznante a los fondos públicos de la Nación. Y lo acaba de hacer a vista y paciencia de 27 millones de venezolanos, de la manera más alevosa, ante la genuflexión y el aplauso de la cómplice mediocridad de quienes asaltaran y se posesionaran de las instituciones del Estado amparados por el golpista mayor del golpismo nacional. Sólo por este crimen debieran ir presas, Luisa Estela Morales, Luisa Ortega Días, Cilia Flores y todas las autoridades cuya responsabilidad de cautelar los bienes de la Nación ha sido descarada y arteramente traicionada. Desde luego, sin descontar a la alta oficialidad de unas fuerzas armadas que han pisoteado la constitución nacional y fracturado gravemente la institucionalidad de la república.

Cabe, pues, la pregunta que todo el mundo se hace: ¿terminará este (des)gobernante su período constitucional sin los graves tropiezos que cabe esperarle a quien ha destrozado la tradición republicana, interrumpido el hilo constitucional, violado todos los derechos y usurpado todas las prerrogativas? ¿Tiene capacidad y legitimidad de gobierno quien desconoce la voluntad del soberano, pervierte los controles, abusa de sus poderes y traiciona las obligaciones que juró respetar ante Dios y los hombres?

Quienes portan uniforme no están por ello blindados ante las responsabilidades jurídicas y constitucionales. Quienes llevan toga y birrete tendrán que dar cuenta más temprano que tarde de su desprecio a la ley, los códigos y la Constitución Nacional. Los funcionarios que han prohijado tantos y tantos crímenes tendrán que dar cuenta de sus felonías. ¿Les parece poco?

La historia no absuelve: condena. La justicia tarda, pero llega. Y cuando no lo hace la humana, lo cumple de manera implacable la divina. Chávez se ha ido encerrando en un callejón sin salida. No le alquilo las ganancias.

3
La primera palabra de la nacionalidad fue emitida por un pequeño grupo de caraqueños reunidos frente a los balcones del palacio de gobierno un jueves 19 de abril. Hasta antes de esa sencilla palabra, un adverbio simple y diáfano que cabe en una modesta sílaba, los habitantes de la capitanía eran, como todos los habitantes de esta parte del mundo, modestos súbditos de Su Majestad Fernando VII. Bastó esa exclamación rotunda y cristalina para que cesara el poder de la monarquía y el continente se abriera a la historia, permitiendo que la modernidad irrumpiera por todos sus costados. Esa, la primera palabra de la nacionalidad, que abrió la puerta de nuestro futuro, fue un sencillo ¡NO!

Todos lo sabemos, así el chavismo lo oculte sistemáticamente. Fue a instancias de los jóvenes revolucionarios dirigidos por el presbítero José Joaquín Cortés de Madariaga, un chileno avecindado en Caracas desde comienzos del siglo XIX. Quien impidió que el gobernador Emparan y los caraqueños que le secundaban se hicieran con el Poder y burlaran los desafíos de la historia. Requerido de urgencia desde el confesionario de la Catedral, en donde se hallaba confesando a los fieles que asistían masivamente a los servicios religiosos de ese jueves santo de 1810, irrumpió en el Consistorio y le exigió al gobernador que dejara el Poder, que ya no le pertenecía en plena legitimidad al monarca. Fue cuando Emparan se asomó al balcón y ejecutó el primer referéndum popular de la república en ciernes, planteando la sencilla pregunta acerca de si debía quedarse a la cabeza del gobierno. La respuesta, respaldada por los gestos del presbítero Cortes de Madariaga, dio al traste con la continuidad del gobierno monárquico y permitió el libre curso de la Independencia americana: fue un ¡NO! coreado por esa pequeña multitud.

Acabamos de celebrar los 51 años de gobiernos democráticos en Venezuela, si bien los últimos diez años escapan de esa clasificación y pertenecen antes bien a la sórdida y tormentosa transición hacia el totalitarismo y la dictadura. Una época de tortuosas indefiniciones, de crisis permanente y de destrucción sistemática. Fue ese del 23 de enero de 1958, si se me permite la libertad de interpretación, el segundo gran ¡NO! de la república. Un ¡NO! rotundo a 10 años de dictadura, de oprobio, de robos e iniquidades. Un ¡NO! al militarismo, a la represión y a la tortura. Al continuismo, al reeleccionismo, a la carencia de libertades públicas.

De allí que se pueda afirmar sin ambages que la historia de Venezuela es una permanente variación sobre ese sencillo adverbio, nuestro signo de identidad, nuestro bautismo de fuego. Venezuela es un ¡NO¡ Este 15 de febrero volverá a demostrarlo, como lo demostrara hace un año, un 2 de diciembre. Así le disguste a quienes se ahogan ante la libertad y prefieren vivir arrodillados y escarnecidos: ¡NO ES NO! Así fue en el pasado. Así será en el presente. Así será en el futuro.