miércoles, 11 de febrero de 2009

Chávez el jalabolas.




Ya se sabe que vendería a su madre por permanecer en el Poder. Lo que apenas se sabe es que se arrastraba como un gusano para conseguirlo. Vino a dar al Palacio Blanco gracias a la gestión de alguno de sus promotores, uno de esos estultos de tres estrellas que avergüenzan a la institución militar. Los mismos que terminan en el ministerio de defensa sin tener méritos para dirigir una brigada de boy scouts. Los mismos que faltaron el 4-F y que sobraron el 11-A. Generales que se desmayan ante una transfusión de sangre. Entonces mataron al tigre y se aterraron de solo verle el cuero, y en lugar de cortarle las patas de raíz al golpista de profesión, lo repusieron en el trono. ¿Te acuerdas de tu plasta, Baduel?

Pero este cuento se remonta a otros tiempos. A la prehistoria del chavismo. Era en los tiempos en que Carmona era Ministro de la Secretaría de CAP II, allá acercándose a fines de los ochenta. Solía el flacuchento teniente coronel atravesar la Urdaneta, deslizarse por el despacho de la Secretaría y rogarle al ministro Carmona le echara una manito para ascender, acomodarse o agarrar lo que fuera, manque fallo. En una ocasión se apareció con una caja de dulces, de esos que de niño solía vender por Sabaneta. Con tan mala suerte, que tropezó y los dulces fueron a dar por los suelos.

Pero la mejor de esas anécdotas que hoy recuerdan los testigos fue la ocasión en que súbitamente enfrentado al presidente de la república se cuadró en el más riguroso estilo militar prusiano y golpeó los tacones con tales ímpetus de jalabolas, que el bromista de Pérez II, sorprendido por el ruido, le espetó a voz en cuello: "¡cuide esos tacones, coronel, que si sigue golpeándolos con tantas ínfulas terminará gastándolos!".

Era el coronel Chávez el propio jalabolas. Lo que ni Carmona ni Pérez podían imaginar era que ese jalamecates de postín, ese chupamedias digno de una telenovela del canal i estaba incubando una traición del tamaño del Ávila. Que entonces jalaba para ver qué agarraba, mientras alimentaba unas ambiciones dignas del Marqués de Sade.

Cuando se enteraron era demasiado tarde. El jalabolas le había enredado el trompo al general Ochoa Antich, se había metido en el bolsillo a Peñaloza y al general Santeliz y había embaucado a otros cuatros coroneles con los que se montó en la siniestra aventura del 4-F. Iba lanzado y estaba dispuesto a traicionar a su abuela por sentarse en Miraflores. Como en efecto. Ahora, tras diez años de robos al por mayor, estafas mil millonarias y crímenes universales, ¿quién le pondrá su cascabel al cuello? ¿Soltará las ubres sabiendo que le espera una prisión como la de Spandau, en Berlín, donde terminaran sus días algunos de los más conspicuos criminales de guerra nazi? ¿Estará dispuesto a seguir los pasos de Noriega y Fujimori? ¿Terminará asilado en Zimbabue?

El 16 lo sabremos. Cuando se inicie la fase cuatro del proceso y comience el propio fin. De eso hablaremos en nuestra próxima entrega.


Pedro Lastra
Noticiero Digital

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