miércoles, 22 de abril de 2009

Acorrala a la oposición con las uñas rojo rojitas de sus boquitas pintadas. Respaldadas aparentemente por los fusiles y tanquetas de su FAN


Indigente venezolano comiendo lo que encuentra...



Pasando a mayores

Es Carlos Marx: no este modesto valenciano. Fue él quien señaló el salto cualitativo que dan las fuerzas en pugna cuando pasan de la palabra a la acción y de la teoría a la práctica. En lenguaje marxista: del arma de la crítica a la crítica de las armas. Como al parecer está sucediendo ahora mismo.

Es Chávez, el teniente coronel, quien nos empuja de manera inmisericorde a desenterrar el hacha de la guerra. Es decir: a abandonar el arma de la crítica y pasar a la crítica de las armas. Es él quien cierra los caminos del entendimiento, condena a la impotencia nuestra vocación democrática y pacífica y hace cuanto está a su alcance para romper todos los diques de contención. Es él quien busca desesperadamente transformarnos de ciudadanos pacíficos en aguerridos e invencibles combatientes. Con sus actos y sus palabras en él resucita a Bobes. Nos obliga a que nosotros resucitemos a Bolívar. ¡Cuidado, que el tiro le saldrá por la culata! Bien dijo Luis Herrera: militar es leal hasta que deja de serlo. Que se mire en el espejo de Baduel. Verá un túnel oscuro.

Pretende emporcar el símbolo máximo de la democracia: el voto. Cuando ya no le sirven las trampas, las trácalas, el ventajismo y la mujercita a la que ordenó imponer un fraude cae rendida ante las evidencias de la victoria opositora, va a por los vencedores. No él, que él sólo está para atemorizar, hablar y dilapidar. Para ordenar a sus mandados y mandadas como si fueran la soldadesca y Venezuela un cuartel. Para montarse junto a su corte celestial en la alfombra voladora y despilfarrar nuestro dinero a cuerpo de rey por las alturas planetarias. Es entonces, cuando no puede con los victoriosos porque se encuentra con corazones templados y virilidad política, es entonces cuando le ordena al ejército de sus serviciales mujercitas que le hagan el trabajo sucio.

Le ordena a la presidenta del canal de la inmundicia abrir el ventilador de la infamia. A la del TSJ condenar inocentes y perseguir enemigos. A la Fiscal, abrir juicios en abanico, cuantos más perseguidos, mejor. Cuadra sus órdenes con la otra mujercita, la de la Asamblea, que le cocina leyes y decretos. Y como no encuentra un solo hombre dispuesto a dar la cara usurpando los poderes del líder opositor Antonio Ledezma, entonces se saca de la manga a otra mujercita dispuesta a ventear los trapos sucios. Tanto abuso de la femineidad provoca recordar a Mister Peachum y la Ópera de Tres Centavos: el rey de los mendigos administrando los lupanares de Londres y manejando a los falsos mendigos para montar su emporio de Poder y degradación.

Acorrala a la oposición con las uñas rojo rojitas de sus boquitas pintadas. Respaldadas aparentemente por los fusiles y tanquetas de sus fuerzas armadas. Que pueblo le va quedando poco. Y el poco que le queda pronto se le volteará, como lo hacen los trabajadores del metro, los obreros de las industrias metalúrgicas de Guayana, los trabajadores petroleros, los maestros. Logró gracias a otro par de mujercitas el desiderátum: condenar a 30 años a los comisarios que custodiaban el 11 la marcha opositora y encarcelar al único bragado que le sacó las patas del barro el 12 y 13 de abril. Están en la misma prisión. Juega a ser Dios: está pariendo a quien o quienes le enterrarán la puñalada por la espalda.

Que siga por esa senda. No lo salvarán del desastre ninguno de los miembros de su pandilla: Ortega el degenerado o el curita violador. Ni siquiera el amigo Obama. Tampoco los Castro, chulos del más grande prostíbulo del Caribe. Nos está obligando a pasar a mayores. Que luego no ande pidiendo auxilio a los monseñores. Será demasiado tarde.


Pedro Lastra
Noticiero Digital